



Comencé a caminar tranquilo como todo aquel que camina por las calles de su barrio y siente un rugir de familiaridad, de cotidianidad en su pecho, así como quien cree estar ejerciendo su territorialidad barrial. Pero quise escapar a la mirada repetida y consuetudinaria en la que solemos caer cuando transitamos con frecuencia un determinado espacio. Decidí gambetear a esa malacostumbrada percepción, esa que de tanto dejar que las mismas imágenes ingresen por los sensores de la retina, las terminamos asimilamos y las comenzamos a percibir como redundantes, paso previo a que los síntomas del aburrimiento se apropien de nosotros, sin permitir que se filtre un

tímido
resplandor que autorice hallar algo nuevo en estas formas que se presentan
enfrente nuestro día a día. Así fue que opté por seguir los consejos de mi
padre de no andar caminando con la cabeza agacha y la postura encorvada, enderecé
mi torso y levanté la mirada tratando de encontrar algo entre las hileras de estos
árboles que embellecen la ciudad, pero con el respeto necesario que merecen las
acequias mendocinas para no terminar
encontrándose uno mismo en el interior
de sus panditas profundidades, con la cabeza rota por culpa de un paso poco
afortunado. Todavía no sé si fue un guiño del camino o el mismísimo significado
de aquel consejo, pero en el preciso momento en el que me crucé con una inverosímil figura arborescente
de unos veinte metros de alto y con numerosas ramificaciones que con su
delgadez se abrían como buscando cantos deambulando por los aires, me quedé encerrado en un laberinto de
jacarandás. Y ya no recordé el sentido
de mi viaje, no sabía si iba al supermercado chino de a la vuelta de mi casa a
comprar el paquete de yerba necesario para el también cotidiano matecito
merendero, o si en verdad me dirigía hacia donde el azar del gualanday me
quería llevar. Me sentí abstraído en otra realidad, la otredad de este ser tan inmóvil que me observaba con su copa poco
densa y su semejanza a un cono invertido me atrapó sin tener derecho a réplicas. Creí ser parte de esa
corteza astringente distrayendo a algún transeúnte idealista con la mirada
flechada, me vi haciendo malabares con las hojas, tratando de conquistarlo con
el suave aroma primaveral que emergía desde lo profundo del ser. Ese cruce de
miradas entre yo y esta especie caducifolia fue como un flechazo al
inconsciente, y de ahí en más entendí que era el punto de partida de un juego
en el que no existían reglas, sólo debía seguir las señales coloridas de los
jacarandás dispuestos alternadamente con moreras híbridas a lo largo de las
veredas de San José. Me dirigí hacia el
norte buscando toparme con otro con semejantes características, así fue que a
media cuadra del árbol número uno descubrí el número dos con un porte mucho más
pequeño que aquél y posado en una tranquila esquina. Del dos pasé al tres que asomaba
su cabeza tímidamente desde el interior de una casa y quise invadir esa
propiedad privada por el sólo hecho de abrazarlo, pero me di cuenta que a unos
pocos pasos hacia el norte me esperaba al joven cuatro, por lo que deserté de
mi acto de rebeldía y seguí las riendas hacia el próximo nivel. Andaba con la
cabeza como colgada de las pocas nubes que regalaba esa tarde soleada y cálida
de primavera. Encontré más ejemplares de ésta especie mimosifolia de los que
creí que podía llegar a encontrar, así fue que salté sistemáticamente desde el
cuatro al ocho sin darme cuenta ya de la cantidad que recorría, sentía que era
un pájaro urbano más que volaba de una rama a otra y contemplaba el tiempo
correr sentado en cada confortable rama que localizaba. Cuando me dirigía hacia
el próximo ejemplar comencé a sentirme extraño, a preguntarme el por qué de tal
estado de anonadamiento, percibía los ojos de la gente que me miraban de reojo
extrañadas por la unidireccional posición de mis ojos de cara al cielo; pero en
ese paso lento y sin rumbo hacia adelante hallé el árbol nueve junto a mis
narices. Ya en el noveno nivel del juego decidí quedarme un rato parado debajo
del mismo para observarlo detalladamente, quería saber qué tenía ese árbol para
ser capaz de abstraerme a un lugar tan lejano de la realidad. Había algo de su
indefinida arboridad que me generaba un goce difícil de descifrar, una mezcla
pasmosa entre árbol y arbusto, entre verdes y violeta, entre él y yo. No sé si
encontré una respuesta en aquella alquimia, quizá vi las caras de mi soledad
acompañada en los folíolos pinnatisectos de las hojas que nacían desde sus
brazos, y daban una belleza indescriptible a la tarde; quizá imaginaba estar en
otro tiempo y en otro espacio que hacía evocar un sentimiento de enamoramiento
hacia el ser inmóvil que tenía en frente. Qué dichoso es noviembre reflexioné,
llegar un día despistado en la agonía de
un año que se termina y encontrarse recibido de ésta manera por estos cuasi
arbustos florecidos en todas partes. Y ahora no sólo era yo el amartelado, sino
también noviembre y la misma esencia del árbol se había eclipsado con las
penetrantes miradas. Hasta la insensata sombra que dibujaba en el suelo seducían,
y ni qué hablar cuando pasó una brisa ventosa que hizo que comenzara a caer una
lluvia de flores azul violáceas desde su cuerpo. Pensé que la inmensidad del
cielo se había caído al mirar el suelo pintado con el amontonamiento de las
hojas maduras. Continué el camino hacia el árbol número diez y sin darme cuenta
me encontraba a media cuadra de mi casa. Parecía que estaba a punto de
encontrar la salida del laberinto al que había entrado sin buscarlo, sólo
faltaba algo de ese árbol para finalizar el somnífero juego. Restaba por
entender cuál sería la llave que me
permitiría abrir la puerta de salida o de llegada al destino que hace un rato
había olvidado. Me quedé un momento ensimismado tratando de explicar ese
acotado vacío por llenar y al recordar todo el trayecto recorrido me di cuenta
que había una última categoría todavía inconclusa para conocer al jacarandá en
su totalidad; ya había entablado relación con sus ramas, con su copa, con sus
flores, y algo de sus raíces, pero faltaba conocer el significado de su fruto.
Ese mismo fruto que cuelga desde las extremidades del mismo y le confieren un
encantador exotismo. Ese particular fruto que se presenta como una conchita de
mar terrestre, una cápsula plana y leñosa de unos cinco o siete centímetros,
capaz de guardar en su interior el comienzo de su propia especie. Ese áspero fruto
que acaba de caer sobre mi cabeza mientras estoy mirándolo. Este artesanal
fruto que tengo en mis manos para ser guardado adentro de mi bolsillo y permitirme abrir la puerta de salida. Y ya
fuera del laberinto seguro me acompañará a casa y luego será plantado, con la esperanza que dentro de un tiempo no muy lejano un
jacarandá crecerá en un rinconcito de mi
pequeño jardín, y un día me abstraerá de la rutina nuevamente y me invitará a
recorrer su laberinto en un atardecer de noviembre.
T!nCh0
Fotos: Rodrigo Arias


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